(San Agustín)
Decía San Agustín que el mal no tiene sustancia propia, que es una ausencia: el hueco que deja el bien cuando el alma se aleja de su centro. Pero, ¿cómo aceptar que algo tan real —la guerra, la mentira, la injusticia, el dolor— sea solo un vacío?
Desde su celda interior, el obispo de Hipona buscaba una respuesta que calmara no tanto la razón como el temblor.
El mal nos desconcierta porque nos mira desde dentro. No viene de fuera, como un invasor; germina en el corazón humano, donde la libertad abre dos caminos: amar o poseer, servir o dominar.
Y elige —porque puede—. Esa posibilidad, tan gloriosa como peligrosa, nos hace criaturas capaces de luz y de sombra.
Quizá el mal sea, entonces, el precio de la libertad. Sin él, seríamos autómatas de la bondad, no hijos que pueden decidir.
Y sin embargo, duele. Duele ver la violencia que arrasa sin motivo, los inocentes que pagan por otros, el silencio de Dios ante el sufrimiento.
¿Dónde está el bien cuando el mal triunfa?
Tal vez escondido en la misma herida, esperando que alguien la mire con compasión.
San Agustín lo comprendió tarde, después de haber buscado la culpa en los astros, en los cuerpos, en las pasiones.
Descubrió que el mal no era un enemigo externo, sino una desfiguración del amor. El mal no crea: desordena.
Es el amor vuelto contra sí mismo, el deseo sin medida, la voluntad sin mirada.
A veces, cuando contemplamos el dolor del mundo, quisiéramos que Dios interviniera con un gesto absoluto, borrando toda injusticia. Pero entonces, ¿qué quedaría de nuestra libertad?
El misterio está ahí: Dios no suprime el mal, lo redime desde dentro. No lo anula, lo transforma.
Y cada vez que alguien responde al odio con perdón, al rencor con ternura, al miedo con fe, una grieta de luz desbarata su dominio.
El mal existe, sí, pero no tiene la última palabra.
La última palabra siempre es amor, aunque llegue en silencio, cuando ya creemos haber perdido la batalla.
Quizá por eso, en los días más oscuros, aún brilla una pequeña llama: no para explicar el mal, sino para resistirlo.
Y resistirlo es, en sí mismo, una forma de bien.
Poema: El rostro del abismo
No hay tiniebla más honda que el alma sin amor,
ni herida más pura que aquella que perdona.
El mal no tiene rostro: es sombra prestada,
eco de un bien que no supo pronunciar su nombre.
He visto al odio disfrazado de justicia,
al miedo fingir prudencia,
a la mentira ocupar los altares del día.
Y aun así, en los márgenes,
una chispa insiste en no apagarse.
Quizá Dios no derrote al mal con truenos,
sino con la ternura invisible
de quien sigue creyendo.
El mal es un hueco;
el bien, un paso que se atreve a cruzarlo.
Y mientras quede un hombre capaz de amar,
el abismo no tendrá rostro.