¿Qué es la vida ?

Respuesta a mi amigo Javier Urra

Mi querido Javier,

tu pregunta —¿qué se le puede pedir a la vida?— es tan antigua como el primer hombre que se detuvo a pensar, y tan actual como quien hoy, cansado o agradecido, se la vuelve a hacer en silencio. Es, una metáfora. Y las metáforas no se responden con balances, sino con experiencia.

Machado —y no es casual que acuda a él— habría sonreído antes de contestar. Se hace camino al andar, escribió; y quizá, de haber afinado un poco más, habría añadido que se hace vida al vivir, no al exigirle cuentas. Porque la vida no es un contrato con cláusulas claras, sino una travesía con mapas incompletos.

La vida —lo sabemos con los años— no está para cumplir deseos, sino para revelar quiénes somos cuando los deseos no se cumplen. Nos mide menos por lo que alcanzamos que por cómo atravesamos lo que nos toca. Y ahí, en ese tránsito, se va formando una geografía íntima que nadie ve, pero que nos sostiene.

Si algo me sale del alma añadir es esto: a la vida no se le pide, se le responde. Se le responde con dignidad cuando aprieta, con asombro cuando sorprende, con gratitud cuando regala, y con silencio cuando no hay palabras. Al final, quizá la vida no nos pregunta qué queremos de ella, sino qué hemos hecho con lo que nos dio.

Y en esa respuesta —si es honesta, humilde y humana— tal vez esté todo.

Porque la vida, en realidad, no es un sujeto al que interrogar. No escucha, no promete, no responde. La vida es un concepto, como el tiempo. Nadie ha visto el tiempo, pero todos lo habitamos. Nadie ha tocado la vida, pero todos la ejercemos. Y quizá ahí está la confusión: creemos que la vida es algo que ocurre fuera, cuando en verdad es algo que hacemos.

La vida no es lo que nos espera mañana ni lo que dejamos atrás ayer. La vida es lo que hacemos hoy, incluso cuando creemos que no estamos haciendo nada. Es el gesto mínimo, la palabra elegida, el silencio sostenido, la renuncia aceptada, la fidelidad a uno mismo en lo pequeño. La vida no se acumula: se practica.

Por eso no se le puede pedir gran cosa. No porque sea tacaña, sino porque no funciona así. La vida no concede; propone. No otorga sentido; lo pone a prueba. No responde a nuestras preguntas: nos convierte en respuesta. Cada día, sin solemnidad, nos pregunta quién somos, y cada día contestamos con lo que hacemos, con cómo miramos, con cómo atravesamos lo que toca.

Tal vez por eso, al final, la vida no se mide por su duración, sino por su densidad. No por los años, sino por la verdad con la que han sido vividos. La vida no es una promesa que se cumple o se frustra: es una respuesta continua, escrita a mano alzada, sin borrador posible.

Y cuando uno entiende eso —aunque sea tarde— deja de exigirle a la vida lo que no puede dar y empieza, por fin, a darle algo a cambio: presencia, coherencia, gratitud. Porque la vida no es lo que nos pasa.
La vida es lo que somos capaces de hacer con lo que nos pasa.

Scroll al inicio