“CUANDO EL HOMBRE DIBUJA EN LA CUEVA”

Antes de escribir, el hombre dibujó.
Mucho antes de que existieran alfabetos, leyes o tratados, ya había manos humanas dejando huellas en la piedra. En lo profundo de las cuevas, donde no llegaba la luz del día, nacieron las primeras imágenes: ciervos, bisontes, manos abiertas, líneas que imitaban el mundo y también lo inventaban.

¿Por qué lo hizo?
No era arte por arte. No era por belleza. Fue, tal vez, por necesidad de recordar, o de agradecer, o de vencer la muerte. Aquellos animales pintados no eran simples figuras: eran símbolo, magia, misterio. Al dibujarlos, el hombre los traía al presente, los fijaba en la roca como se fija un sueño en la memoria.

En ese acto de pintar sin público, de crear en la oscuridad, nació también la conciencia del tiempo: lo que hoy sucede, mañana se recuerda. Y en esa conciencia se escondía ya el germen de la historia, de la espiritualidad, incluso de la esperanza.

Dibujar fue el primer acto poético. El primer gesto que dijo: “esto merece quedarse”.
Y quizá, también, el primer diálogo con lo invisible.

Mucho después vendrían los museos, los templos, los libros. Pero todo comenzó ahí: con una mano temblorosa, una antorcha encendida… y un corazón que ya soñaba con eternidad.

Poema Cuando dibuja en la cueva 

Allí donde no entra el sol
una mano dibujó la luz.
Un bisonte quieto
comenzó a galopar en la roca,
y la pared se volvió espejo de lo invisible.

No hubo palabras,
pero sí memoria.
No hubo voces,
pero sí presencia.

El niño que temía a la noche
pintó su miedo,
y el miedo se volvió imagen.
El cazador que falló su lanza
dibujó la presa,
y la caza fue suya.

Desde entonces,
dibujar es un modo de recordar
lo que aún no ha pasado.

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