El asombro como origen

Hay una pregunta que atraviesa siglos y civilizaciones:
¿Cuándo empezó el ser humano a ser humano?
No basta con huesos ni con herramientas para responderla. Porque ser humano no es solo caminar erguido, ni hablar, ni construir. Es, sobre todo, asombrarse.

Asombrarse ante el fuego que arde sin explicación.
Asombrarse al oír una palabra y entender que puede unir.
Asombrarse al ver que una semilla enterrada da pan.
Y quizás, lo más grande: asombrarse al mirar al otro y sentir compasión.

La serie Los primeros asombros nace de esa intuición: que en ciertos momentos originarios —invisibles y sagrados— el hombre se encontró con algo nuevo que lo transformó para siempre. No hablamos aquí de grandes descubrimientos tecnológicos, sino de hitos silenciosos: la primera vez que perdonó, que enterró a sus muertos, que cantó sin razón práctica. Cada uno de estos gestos no solo cambió la historia, sino que creó humanidad.

Por eso elegimos la poesía para contarlos. Porque la poesía no mide, ni clasifica: celebra.
Y solo desde esa mirada podemos acercarnos con respeto a lo que fuimos, y aún somos.

En un mundo que a veces corre sin rumbo, recuperar el asombro es más que nostalgia: es una forma de volver al centro. De recordar que no fuimos creados para producir, sino para mirar, amar, crear, perdonar, cuidar.
Y todo eso comenzó un día… en un temblor del alma.

Los primeros asombros no son historia antigua:
son una semilla que sigue germinando en cada generación.

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