(Jorge Luis Borges)
Borges decía que el tiempo es una invención del alma, una forma de ordenar lo que no comprendemos.
Pero lo cierto es que el tiempo nos duele.
Nos atraviesa como una corriente invisible que todo lo transforma: lo que hoy amamos mañana se ha ido; lo que ayer nos parecía eterno se vuelve polvo.
El tiempo no destruye con violencia, sino con paciencia.
Y tal vez por eso nos da tanto miedo: porque no hace ruido al pasar.
Tememos al tiempo porque nos recuerda que no somos dioses.
Porque todo en él es pérdida: los rostros se desdibujan, los lugares cambian, los cuerpos envejecen, las palabras se olvidan.
Y, sin embargo, el tiempo también es lo que nos permite amar.
Sin él, nada crecería, nada sanaría, nada llegaría a ser.
El tiempo es nuestro verdugo y nuestro maestro.
Borges lo llamaba “el río que me arrebata, pero soy el río”.
Quizá el alma no se pierde en el tiempo, sino que se convierte en tiempo.
Somos memoria que fluye, conciencia que se transforma.
Cada instante vivido es una semilla de eternidad: el presente, ese punto mínimo donde el pasado y el futuro se tocan, es el único lugar donde realmente existimos.
Pero el hombre, obstinado, quiere detener lo que ama.
Fotografía el instante, guarda objetos, escribe nombres en piedra, como si pudiera vencer al olvido.
Y sin embargo, el tiempo sonríe, paciente, porque sabe que lo esencial no puede ser atrapado.
El amor verdadero, la bondad, la belleza, permanecen no porque resistan al tiempo, sino porque lo trascienden.
Hay algo de sagrado en la fugacidad.
Cada momento perdido nos enseña que nada nos pertenece.
Y esa pérdida es la puerta de la sabiduría: solo quien acepta que todo pasa puede empezar a comprender lo eterno.
Borges decía que la eternidad no es una sucesión infinita de días, sino un solo instante perfecto donde todo está contenido.
Quizá el paraíso sea eso: el instante sin prisa donde ya no necesitamos medir el tiempo.
Tememos al tiempo porque intuimos que un día nos borrará.
Pero si el alma no muere, el tiempo no es enemigo, sino camino.
Y aunque el reloj siga girando, algo en nosotros —la mirada, la fe, el amor que dimos— permanece fuera de su alcance.
El tiempo solo se lleva lo que no amamos del todo.
Lo demás se queda, callado, esperándonos al final del viaje.
Poema: La arena y el reloj
El tiempo no pasa: somos nosotros los que pasamos.
Él permanece,
como un espejo que cambia de rostro
cada vez que lo miramos.
He intentado detenerlo
entre mis manos abiertas,
pero se escurre
como la arena que enseña y castiga.
Cada segundo es un dios diminuto
que nace y muere sin dejar huella.
Y aun así,
cuando abrazo lo que amo,
el reloj se detiene un instante.
Quizá el tiempo sea solo el temblor
de Dios respirando despacio.
Y nosotros,
sus partículas de eternidad
aprendiendo a fluir.