Hay un instante en la historia —imposible de fechar, imposible de olvidar— en que el ser humano levantó la mirada hacia el cielo nocturno y no solo vio estrellas: sintió que había algo más allá de ellas.
Ese momento no nació del cálculo ni del razonamiento. Nació del asombro, del silencio, del temblor interior. Tal vez ante un nacimiento. Tal vez ante la muerte. O simplemente al contemplar el sol que vuelve cada día, la luna que crece y mengua, la lluvia que cae sin que nadie la llame.
Fue entonces cuando nació Dios en la conciencia del hombre.
No como una figura concreta, no como un dogma, sino como presencia misteriosa. Como esa pregunta que no se puede responder, pero que cambia para siempre la forma de vivir.
El hombre empezó a intuir que no estaba solo. Que detrás de la belleza, del orden, del dolor y de la vida misma, había una voluntad, un origen, una inteligencia… o una ternura inmensa.
Y con ese descubrimiento surgieron también los primeros gestos religiosos: las manos juntas, los ojos cerrados, el altar de piedras, la ofrenda. Todo sencillo, todo profundo. No para explicar el mundo, sino para vincularse a su sentido más alto.
Aquel que descubrió a Dios no vio un rostro.
Pero sintió que el universo tenía uno.
Y que en su interior habitaba algo infinito.
Desde entonces, no hemos dejado de buscarlo. En el desierto, en el templo, en el otro. Y en nosotros mismos. Porque descubrir a Dios es, al mismo tiempo, descubrir que hay algo sagrado en ser humanos.
Poema: El primer nombre
No lo vio,
pero lo sintió en la tormenta.
No lo tocó,
pero lo buscó en la piedra.
Y un día,
le habló.
Le dio un nombre
que no era ninguno.
Desde entonces,
camina a su lado
aunque no lo vea.
Porque Dios no apareció en un monte,
sino en una pregunta
que nunca se apaga.
Lo buscó en el río,
en la sombra del árbol,
en la voz de su madre.
Lo esperó en el trueno,
y en la caricia del viento.
Y cuando no lo hallaba,
no dudó:
solo le dolía más hondo la ausencia,
como quien ama sin medida.
Dios no fue respuesta:
fue herida abierta,
latido sagrado,
fuego que no quema
pero enciende.
Y al darle un nombre,
el hombre se dio también un alma.
Y comprendió que no era dueño,
sino criatura.
Que no bastaba con ver,
había que confiar.
Le construyó altares de piedra,
le ofreció pan,
le temió y le cantó.
Y cada gesto
era pregunta y promesa.
Dios no estaba arriba:
estaba dentro.
Era el temblor que precede a la justicia,
la ternura que sigue al perdón.
Y aunque mil nombres lo rodeen,
el primero fue susurro,
fue asombro,
fue entrega.
Desde aquel día,
cada vez que alguien reza,
una chispa vuelve a encender
aquel fuego que arde sin verse
y que aún guía los pasos
de los que buscan a ciegas.