“CUANDO EL HOMBRE ENTIERRA A SUS MUERTOS”

Morir, mueren todos los seres vivos.
Pero enterrar a los muertos… eso solo lo hace el ser humano.

En algún momento remoto, alguien decidió no abandonar el cuerpo sin vida de un compañero. Lo cubrió con tierra, quizás con flores, tal vez con piedras que lo protegieran. Ese gesto no fue por utilidad ni por miedo a los animales: fue un gesto de respeto, de memoria, de amor. Fue la primera ceremonia, aunque no tuviera palabras.

Ese día, la humanidad descubrió que la muerte no es solo final, sino ruptura, ausencia, pregunta. Y también, que hay algo en el otro que sigue siendo digno incluso cuando su aliento ha cesado.

Enterrar es reconocer el valor de una vida.
Es decir: “estuviste aquí, y tu paso importa”.
Y también: “no te dejaré solo”.

Desde ese primer entierro —tan antiguo como el tiempo humano— nacieron todos los ritos, los símbolos, las plegarias. Nacieron los altares, las tumbas, los recuerdos grabados. Y también nació la idea de un más allá, de una continuidad, de una esperanza.

Porque allí donde hay entierro, hay duelo.
Y donde hay duelo, hay vínculo.
Y donde hay vínculo… hay humanidad.

Cada vez que alguien cubre con ternura el cuerpo de un ser querido, sigue repitiendo aquel primer acto. Y en ese acto, el hombre vuelve a ser lo que fue desde el principio: ser que ama hasta después de la vida.

Poema: Primera sepultura

Lo cubrieron con piedras,
no para esconderlo,
sino para honrarlo.

No huyeron de su cuerpo:
se arrodillaron ante él.

Alguien le dejó una flor,
otro, una herramienta.
Y con eso, nació el rito.

Allí empezó la pregunta:
¿a dónde va lo que amamos?
¿dónde queda quien ya no está?

Desde entonces,
enterrar es un gesto de amor
y de fe en lo invisible.

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